Como Pagar Tus Deudas Parte 3

Regresar a la parte 2

Tres días más tarde, la sirvienta de Sira me vino a buscar para conducirme ante mi ama.

“Mi madre vuelve a estar muy enferma, dijo. Unce los dos mejores camellos de mi marido, átales odres llenas de agua y carga las alforjas para un largo viaje. La criada te dará la comida en la tienda de cocina.”

Cargué los camellos preguntándome la razón de tanta comida que me daba la criada, pues la casa de la madre de mi ama estaba a menos de una jornada de viaje.
La sirvienta montó en el segundo camello y yo conduje el de Sira. Cuando llegamos a la casa de su madre, empezaba a hacerse de noche.

Sira despidió a la criada y me dijo: “Dabasir, ¿Tienes alma de hombre libre o de esclavo?”

“Alma de hombre libre”, respondí.

“Ahora tienes la oportunidad de probarlo. Tu amo ha bebido mucho y sus hombres están embotados. Coge los camellos y huye. En ese saco tienes vestidos de tu amo para disfrazarte.”

Yo diré que has robado los camellos y que has huido mientras visitaba a mi madre enferma.”

“Tenéis alma de reina, le dije, me gustaría poder haceros feliz.”

“No espera la felicidad a la mujer que huye de su marido para buscarla en tierras lejanas entre extranjeros. Toma tu propio camino y que te protejan los dioses del desierto, pues la ruta es larga, sin comida ni agua!

No tuve necesidad de que me lo dijeran dos veces; se lo agradecí calurosamente y me fui en medio de la noche.

No conocía aquel extraño país y sólo tenía una pequeña idea de la dirección que había de seguir para llegar a Babilonia, pero me adentré valientemente en el desierto hacia las colinas.

Iba montado en un camello y aviaba al otro. Viajé durante toda la noche y el día siguiente lleno de ansiedad, conocedor de la suerte reservada a los esclavos que roban la propiedad de sus amos e intentan escapar.

Hacia el final de la tarde llegué a un país árido, tan inhabitable como el desierto. Las agudas piedras herían las patas de mis fieles camellos que lentamente y con gran esfuerzo elegían la ruta. No encontré hombre ni bestia y pude comprender con facilidad por qué evitaban aquella tierra
inhóspita.
A partir de entonces, el viaje fue como pocos hombres pueden contar haber tenido. Día tras día, avanzamos lentamente. Ya no teníamos agua ni comida. El calor del sol era despiadado.

A1 final del noveno día, resbalé de mi montura con el sentimiento de que era demasiado débil para volver a montar y que con toda seguridad moriría en aquel país deshabitado. Me tendí en el suelo y dormí. Sólo me desperté con las primeras luces del alba.

Me senté y miré a mi alrededor, había un nuevo frescor en el aire de la mañana, mis camellos estaban tumbados cerca de allí, ante mí se extendía un vasto país cubierto de rocas y arena.

Nada indicaba que hubiera algo que pudieran beber o comer un hombre o un camello.

¿Debería enfrentarme con mi fin en aquella tranquila paz? Mi mente estaba más clara de lo que lo había estado nunca. Mi cuerpo parecía no tener ya importancia.

Con los labios resecos y sangrantes, la lengua áspera e inflada, el estómago vacío, ya no sentía el molesto dolor del día antes.
Medía la inmensidad descorazonadora del desierto y una vez más me pregunté:

¿Tengo alma de hombre libre o de esclavo?

Y entonces, con la rapidez del rayo comprendí que si tenía alma de esclavo me tumbaría en la arena y moriría, un final digno de un esclavo fugitivo.

Pero que si tenía alma de hombre libre, ¿qué sucedería? Debería encontrar el camino hacia Babilonia, devolver el dinero a los que habían confiado en mí, hacer feliz a mi mujer, que me amaba de verdad y llevar la paz y la satisfacción a mis padres.

Tus deudas son tus enemigos y te han hecho huir de Babilonia, había dicho Sira.

Sí, era cierto, ¿Por qué no me había mantenido firme como un hombre?

¿Por qué había permitido que mi mujer volviera con su padre?

Entonces algo extraño ocurrió. El mundo entero me pareció ser de un color diferente, como si hasta ese momento lo hubiera visto a través de una piedra coloreada que de repente hubiera desparecido.

Por fin comprendí cuáles eran los verdaderos valores de la vida.
¡Morir en el desierto! ¡Jamás! Gracias a una nueva visión se me aparecieron todas las cosas que tenía que hacer.

Regresar a la parte 2