Cómo Pagar Tus Deudas Parte 1

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El Tratante de Camellos de Babilonia

Cuanto más nos atenaza el hambre, más activo se vuelve nuestro cerebro y más sensibles nos volvemos al olor de los alimentos.

Tarkad, el hijo de Azore, ciertamente pensaba así. Tan sólo había comido dos pequeños higos de una rama que salía más allá del muro de un jardín, y no había podido coger más antes de que una enfadada mujer apareciera y lo echara.

Sus gritos agudos aún resonaban en sus oídos cuando atravesaba la plaza del mercado. Esos ruidos horribles le ayudaron a tener quietos los dedos, tentados siempre de coger alguna fruta de las cestas de las mujeres del mercado.

Nunca hasta entonces se había dado cuenta de la gran cantidad de comida que llegaba al mercado de Babilonia y qué bien olía.

Tras dejar el mercado, atravesó la plaza en dirección a la posada, ante la
que se paseó arriba y abajo. Tal vez encontrara a alguien que le pudiera dejar una moneda de cobre con la que podría pedir una copiosa comida y arrancar así una sonrisa al austero dueño de la posada.

Si no tenía esa moneda, sabía muy bien que no sería bienvenido.

Distraído como estaba, se encontró sin esperarlo, cara a cara con el hombre al que más deseaba evitar, Dabasir, el tratante de camellos de largo y huesudo cuerpo.Deudas: mi vida se volvió miserable

De todos los amigos o conocidos a los que había pedido pequeñas sumas de dinero, Dabasir era el que lo hacía sentirse más molesto pues no había cumplido la promesa de reembolsarle rápidamente lo debido.

El rostro de Dabasir se iluminó al ver a Tarkad

Ajá, Tarkad, justo a quien buscaba, tal vez pueda devolverme las dos monedas de cobre que le dejé hace una luna, y también la de plata que le había dejado anteriormente.

¡Qué suerte! Hoy mismo podré usar esas monedas. ¿Qué me dices eso, muchacho?

Tarkad empezó a balbucear y enrojeció. Su estómago vacío no le ayudaba a tener la cara dura de discutir con Dabasir.

Lo siento, lo siento mucho-murmuró débilmente-, pero hoy no tengo las dos monedas de cobre ni la de plata que te debo.

-Pues encuéntralas -insistió Dabasir-. Seguro que puedes encontrar un par de monedas de cobre y una de plata para pagar la generosidad de un viejo amigo de tu padre que te ha ayudado cuando te hacía falta.

No te puedo pagar por culpa de la mala suerte.

-¿La mala suerte? ¿Culparás a los dioses de tu propia debilidad? La mala suerte persigue a los hombres que piensan más en pedir que en dejar. Muchacho, ven conmigo mientras como, tengo hambre y te quiero contar una historia.

Tarkad retrocedió ante la brutal franqueza de Dabasir, pero al menos era una invitación para entrar en un sitio donde se comía.

Dabasir lo empujó hasta un rincón de la sala donde se sentaron sobre unas pequeñas alfombras.

Cuando Kauskor el propietario apareció sonriente, Dabasir se dirigió a él con su habitual gran familiaridad:-Lagarto del desierto, tráeme una pierna de cabra muy hecha y con mucha salsa, pan y muchas verduras, que tengo mucha hambre y necesito mucha comida.

No olvides a mi amigo, tráele una jarra de agua, y que sea fresca, pues el día es caluroso.

El corazón de Tarkad parecía desfallecer. Se tenía que sentar allí a beber agua y ver cómo aquel hombre devoraba una pierna entera de cabra. No decía nada. No se le ocurría nada que decir.

En cambio Dabasir no sabía lo que era el silencio. Sonriendo y saludando con la mano a todos los demás clientes, a los cuales conocía, continuó.

He oído decir a un viajero que acaba de llegar de Urfa que un hombre rico de allí posee una piedra tan fina que se puede ver a su través. La coloca en las ventanas de su casa para impedir que la lluvia entre.

Por lo que me ha dicho el viajero, es amarilla y le permitieron mirar a través de ella de modo que el mundo exterior le pareció extraño y diferente de lo que es en realidad.

¿Tú que piensas, Tarkad?

¿Crees que un hombre puede ver el mundo de un color diferente del que tiene en realidad?

No sabría decirlo -respondió el joven mucho más interesado por la pierna de cabra que estaba delante de Dabasir.

Pues yo sé que es cierto, ya que he visto con mis propios ojos el mundo de un color diferente del que en realidad tiene, y la historia que te contaré relata cómo llegué a volverlo a ver de nuevo de su verdadero color.

Dabasir va a contar una historia, murmuró alguien de una mesa vecina a su compañero, y acercó su alfombra hacia ellos, los demás comensales cogieron su comida y se agruparon en un semicírculo.

Comían ruidosamente al oído de Tarkad, lo tocaban con los huesos de la carne, él era el único que no tenía comida. Dabasir no le propuso que compartiera con él la pierna de cabra ni le ofreció el trozo de pan duro que se había caído al suelo.

La historia que te voy a contar -empezó Dabasir, haciendo una pausa para poder llevarse a la boca un buen trozo de carne- relata mi juventud y cómo llegué a ser tratante de camellos.

¿Alguno de vosotros sabe que yo fui en un tiempo esclavo en Asiría?

Un murmullo de sorpresa recorrió el auditorio y Dabasir lo escuchó con satisfacción.

Cuando era joven-continuó Dabasir después de otro goloso ataque a la pierna de cabra-, aprendí el oficio de mi padre, la fabricación de sillas de montar.

Trabajé con él en la tienda hasta que me casé.

Como era joven e inexperto, ganaba poco, justo lo necesario para cubrir modestamente las necesidades de mi excelente esposa. Estaba ansioso de obtener buenas cosas que no me podía permitir.

Rápidamente me di cuenta de que los propietarios de las tiendas me daban crédito aunque no pudiera pagarles a tiempo.

Joven e inexperto, yo no sabía que el que gasta más de lo que gana siembra los vientos de la inútil indulgencia y cosecha tempestades de problemas y humillaciones.

De este modo sucumbí a los caprichos y, sin tener el dinero necesario, me compré bellas ropas y objetos de lujo para mi esposa y para nuestra casa.Deudas; Ver el mundo de un color diferente

Fui pagando como pude, y durante un cierto tiempo todo fue bien. Pero un día descubrí que con lo que ganaba no tenía suficiente para pagar mis deudas y vivir.

Mis acreedores me empezaron a perseguir para que pagara mis extravagantes compras y mi vida se volvió miserable.

Pedía prestado a mis amigos, pero tampoco se lo podía devolver; las cosas iban de mal en peor. Mi mujer volvió con su padre y yo decidí irme de Babilonia a otra ciudad donde un joven pudiera tener más oportunidades.

Durante dos años conocí una vida agitada y sin éxitos, siempre viajando con las caravanas de los mercaderes.

Después pasé a un grupo de ladrones simpáticos que recorrían el desierto en busca de caravanas no armadas.

Tales acciones no eran dignas del hijo de mi padre pero veía el mundo a través de una piedra coloreada y no me daba cuenta de hasta qué punto me había degradado.

Tuvimos éxito en nuestro primer viaje al capturar un rico cargamento de oro, seda y mercancías de gran valor. Llevamos este botín a Ginir y allí lo derrochamos.

La segunda vez no tuvimos tanta suerte, después de haber efectuado el robo, fuimos atacados por lo guerreros de un jefe indígena al que pagaban las caravanas para que las protegiera.

Mataron a nuestros dos jefes y los que quedamos fuimos llevados a Damasco, despojados de nuestras ropas y vendidos como esclavos.

Yo fui comprado por dos monedas de plata por un jefe del desierto sirio, con los cabellos rapados y vestido solamente con algunos trozos de tela, no era diferente de los otros esclavos.

Como yo era un joven despreocupado, pensaba que aquello no era más que una aventura hasta que mi amo me llevó ante sus cuatro mujeres y me dijo que me tendrían como eunuco.

Entonces entendí de verdad mi situación. Esos hombres del desierto eran salvajes y guerreros, yo estaba sujeto a su voluntad, desprovisto de armas y sin esperanza de escapar.

Como pagar tus deudas Parte 2